Hospital Borda : Fotografía Estenopeica para la Desmanicomialización

Hace un tiempo publiqué un trabajo con una entrevista donde los internos del Hospital, hablaban sobre sus actividades artísticas y lo que para ellos significaba. Luego, anunciamos la muestra de fotografía realizada en aquellos talleres. Aquí transcribo una ponencia de los coordinadores artísticos de aquellos talleres.

La importancia desde mi punto de vista, es que hace foco en una modalidad de trabajo que me parece pertinente destacar: se trata aquí de el uso del arte en Salud, por artistas. Donde el objeto arte adquiere otras connotaciones y peso a cuando es utilizado por profesionales de la salud, dentro de un espacio de terapéutico de análisis, por ejemplo. En este caso, hay intención de artisticidad en la obra, tanto en la enseñanza como en el aprendizaje y puesta en circulación.

Fotografía estenopeica, Salud Mental y Desmanicomialización.

Por el Frente de Artistas del Borda

Contexto de trabajo

El Frente de Artistas del Borda (FAB) es un movimiento ideológico, artístico e independiente que surge a fines del año 1984 con el objetivo de producir arte como herramienta de denuncia y transformación social desde artistas internados y externados del Hospital Borda.
Plantea la necesidad de un cambio en las instituciones manicomiales. Estas, a través del encierro producen fragmentación de los lazos sociales y afectivos, aislamiento, estigmatización, privación de la intimidad, cosificación, cronificación del padecimiento, etc.
El planteo del F.A.B. se define entonces, por la denuncia a la institución de encierro, amparándose en las diversas
experiencias de transformación manicomial auspiciadas por la “reforma psiquiátrica” -como el caso de Trieste en Italia o Rio Negro en la Argentina- basadas en internaciones que no superan al mes.
A través de las distintas disciplinas artísticas se intenta favorecer un readueñamiento del cuerpo y de la palabra legítima, trabajando desde la simbolización y exploración crítica de la experiencia, en nuestro caso, el de la fotografía estenopeica.
La circulación de las obras artísticas, generan efectos en distintos niveles: subjetivo, institucional, y social. A nivel subjetivo, la pertenencia a un colectivo y el compromiso con la tarea promueven el fortalecimiento de la identidad. De esta manera, la persona puede decir lo que pasa dentro del hospital, lo cual genera un efecto a nivel institucional. Poner en evidencia las condiciones institucionales abre dentro del hospital nuevas grietas que permiten profundizar el debate. Y un tercer efecto, a nivel social: que los artistas muestren sus obras contribuye a romper con el imaginario social de la locura.
En el FAB cada taller funciona con un equipo de coordinación integrado por un coordinador artístico, uno psicológico y uno o más colaboradores. De este modo la propuesta de trabajo es interdisciplinaria.
El coordinador artístico cumple la función de transmitir los recursos prácticos y conceptuales propios de su disciplina artística.
El coordinador psicológico, trabaja no sólo con los obstáculos a la tarea en cada taller, con los efectos y movilizaciones grupales que despierta una disciplina artística, sino además optimizando las relaciones vinculares y la circulación de la palabra, posibilitando así la creación colectiva.
Intentaremos abordar la relación entre el trabajo en el taller de fotografía estenopeica que se realiza en el Frente de Artistas del Borda, la salud mental y la desmanicomialización
A tal efecto nos parece importante direferenciar tres ejes:
· La participación en un proceso de producción colectiva
· El hecho de que la obra sea artística
· La importancia que pueda tener que esa obra sea una fotografía.
La participación en un proceso de producción colectiva:

¿Realmente fotografiar es una acción individual? ¿Cómo se puede hacer fotografía de manera colectiva? ¿Es posible pensar el nombre de una obra artística entre diez personas?
Todos estos interrogantes vehiculizan al taller cada mañana. Por eso trabajamos desde el vínculo y no individualmente. Es decir, trabajamos dando la palabra, decidiendo en conjunto e intentando llevar adelante el trabajo de manera horizontal para no reproducir las relaciones de poder que se dan dentro del hospital.
El trabajo con otros produce una transformación subjetiva. Participar en una obra colectiva implica demorarse, detenerse en los tiempos del otro, de los compañeros del taller, y en los pasos que requiere la producción de esa obra específica. Esa demora permite descentrarse, disminuye la repetición del propio padecer: “En el placer de la creación con otro se puede renunciar a los caminos narcisistas mas mortíferos”.[1]
Hemos tomado los desarrollos de la autora para pensar este primer eje.
En el trabajo con otros se construye una trama grupal que funciona a modo de alojamiento, que puede soportar las dificultades se le presentan a cada participante. Y se crean las condiciones para la expresión de caminos singulares, como por ejemplo, un tallerista que luego de un año de trabajo comenzó a sacar sus propias fotos por fuera del taller, con la intención no sólo de venderlas, sino de tener una producción propia. Creemos que este tipo de trabajo grupal puede potenciar lo propio de cada uno.

La importancia de que esa obra sea artística:

Cada taller del FAB está coordinado por psicólogos y por artistas. Son estos últimos los que transmiten el saber-hacer propio de cada disciplina. Hay pasos, pautas, técnicas que constituyen una legalidad de referencia a la hora de la creación. Aunque sea para transgredirla.
Otro ingrediente fundamental es que la organización de la labor del taller tenga como brújula al sujeto y a su expresión en su singularidad.
Allí donde las palabras no alcanzan muchas veces es la producción artística la que habilita una vía de expresión del sujeto o la plataforma a partir de la cual poder hablar.
En el contexto del manicomio, donde reinan homogeneización y el aplastamiento subjetivo, esto no es poca cosa. Ese arrasamiento que ejerce el manicomio sobre el sujeto muchas veces se monta sobre el que genera la propia enfermedad.
Que la obra realizada sea artística implica una búsqueda de “belleza”. Y que aquí aparezca algo del orden de lo bello y del deseo, puede tener un efecto liberador y pacificador. Lo bello es una vía por la que los humanos nos acercamos al deseo.
Puede constatarse muchas veces un efecto “vivificante” en las personas que participan de los talleres [2]: Alguien que de pronto “toma impulso” para pedir y participar en la gestión de su DNI, otro que tiene ganas de realizar un trabajo de fotos sobre su familia o que comienza a preocuparse por su aspecto físico, que tiene ganas de salir. Se produce una eficacia en relación al deseo y al cuerpo. El cuerpo revive al habilitarse
una vía de satisfacción.

La importancia de que esa obra artística sea una foto:

La escritura hace a la constitución subjetiva. Algo se constituye, algo se fija cada vez que se escribe.
Lo que se escribe funciona como una constante para el sujeto, como una plomada, y por lo tanto como un sitio de referencia al cual recurrir. Lo escrito instaura referencias para el sujeto.
Implica una textura, no un espacio liso, implica marcas a ser leídas y es en la lectura y relectura de esas marcas, distintas cada vez, donde el deseo habita y la vida se despliega.
Fotografiar quiere decir escribir con luz. La foto es una escritura, es una experiencia de lo escrito más allá de las palabras, y como tal puede tener invalorables efectos en quien sea sensible a ella.
La luz “deja marcas”. Todos los objetos reflejamos luz, y mediante la invención de un aparato de registro como puede ser una cámara fotográfica, esas marcas se inscriben.
Un taller de fotografía estenopeica nos permite estar presentes desde la fundación del proceso fotográfico. El instrumento de registro, el instrumento artístico, es una cámara que puede construirse. El arte, la magia comienza allí.

Aquí nada es caprichoso, nada es arbitrario. La fotografía implica confiar en la técnica, en la legalidad de la física y da la oportunidad de aprenderlo más de cerca.
Y a pesar de toda ciencia, estas fotos siempre tienen algo de incalculable y eso las hace hermosas.
Con la fotografía estenopeica, más aún participando en la construcción de la cámara, se hace palpable que la luz, para que algo pueda escribir, requiere un tratamiento. Y este tratamiento no puede hacerse de cualquier modo, es un intercambio entre la luz y el tiempo.
Aunque de diferentes modos, estando en el manicomio se sufre de un exceso de mirada: Se puede “ser visto” todo el tiempo, se puede ser “vigilado” y evaluado. A veces no hay lugar donde esconderse. O, muchas otras, pasar sin ser visto.
Frente a la mirada total, la fotografía es una artesanía de la luz. La luz total “vela” la foto. Es necesario un interjuego de luz y tiempo: no todo el tiempo, un tiempo acotado. Se tapa- se destapa. Es como si la luz fuera una plastilina a moldear. Del ser visto a ser un artesano de la luz.
En la fotografía estenopeica los tiempos son distintos, se alargan, y eso permite aprehender la lógica del proceso. Todo no pasa inmediatamente, la cámara estenopeica “da tiempo”. Nos acostumbramos a decir “dale más tiempo” cuando una foto salió blanca; pero es ella la que nos da tiempo, la que le da tiempo al sujeto para relacionarse con la luz, para aprender a maniobrarla, para equivocarse, para corregirse, para aprehender el proceso. La cámara estenopeica espera, no nos conmina a la inmediatez.
En el manicomio no hay tiempo. El tiempo se vuelve eterno, lo manicomial “cronifica” y borra todas las diferencias en las que habita el sujeto.
En tal desierto, la foto es una marca en el tiempo: R. Barthes en su libro “La cámara lúcida” en un momento se refiere a la fotografía como el testimonio de que “esto ha sido”: Son los rayos de luz reflejados por el referente los que son captados y fijados en un soporte sensible. “La foto es literalmente una emanación del referente, de un cuerpo real que se encontraba allí han salido unas radiaciones que vienen a impresionarme a mí, que me encuentro aquí”.[3]
En tanto testimonio podemos decir que la foto instaura el lugar del recuerdo.
Muchas veces el padecimiento es un abismo, allí una de las apoyaturas es el recuerdo, una marca real en la que “hacer base”. Además las fotos quedan a lo largo del tiempo. Personas que ya no están en el taller, pero
sus fotos sí. Las fotos son una marca del otro y como tal hacen hitos en el tiempo. Instauran una historia en la cual cada tallerista puede inscribirse.
“Tomar” una fotografía en el taller implica explorar. Recorrer el lugar hasta encontrar, descubrir aquello que se quiere fotografiar, aquello que uno “vio”. “Sacar” una foto es aportar, dar una mirada singular. Una imagen propia.
Las fotos descompletan el mundo, ante un mundo que puede presentarse como único y al cual uno debe adaptarse o quedar fuera. Mundo que se presenta completo y aplastante por momentos. Sin ninguna hendidura donde alojarse o por donde fugarse, las fotos, con las singulares lecturas del mundo que portan, con la invención de realidades que implican, lo descompletan y nos permiten seguir deseando, nos permiten seguir vivos.
Si cada uno de nosotros somos el modo que tenemos de leer el mundo, la foto es una muestra, un botón de nuestro modo de leerlo. Y lo deja escrito. Esto tiene consecuencias subjetivas. Existe la posibilidad de hacerse representar por una foto. “Sacar” una foto es “recortar” algo de la realidad, es inventar una realidad. Es una invención que se separa del cuerpo y que permite al autor separarse de la obra.
Y después, la sorpresa: la vivencia de la distancia entre lo que uno vio y lo que sale en la foto. Eso es un intervalo. En los intervalos habita el deseo, lo enigmático, las ganas. En esa distancia se cuela una verdad que no es la evidencia de lo que una foto puede documentar, sino una verdad que acerca las fotos a la poesía. Las fotos son un modo de bordear con retazos de imágenes lo indecible del ser humano.
[1] Jasiner, Graciela: “Coordinando grupos (una lógica para los pequeños grupos)”.
[2] San Martín, Viviana: “La función de lo bello en la clínica con pacientes graves”.
[3] Barthes, Ronald: “La cámara lúcida: nota sobre la Fotografía”, Buenos Aires, Paidós, 2006.
Bibliografía

Barthes, Ronald: “La cámara lúcida: nota sobre la Fotografía”, Buenos Aires, Paidós, 2006.
Jasiner, Graciela: “Coordinando grupos (una lógica para los pequeños grupos)”, Lugar Editorial, 2007.
San Martín, Viviana: “La función de lo bello en la clínica con pacientes graves”. Coloquio de Verano: “El inconsciente freudiano y su reformulación por Lacan. Sus consecuencias en la clínica”. 4 y 5 de enero de 2008.
Sava, Alberto y colaboradores: “Frente de Artistas del Borda: una experiencia desmanicomializadora, arte, lucha y resistencia”, Buenos Aires, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, 2008.

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