Homenaje a Polo Lofeudo

Este es un homenaje, a Polo Lofeudo y también un reconocimiento a la tarea que viene desarrollando el grupo CAER por la Desmanicomialización. Este fin de semana, ellos convocan a un gran y emotivo evento: La reapertura del Teatro Polo Lofeudo! un verdadero triunfo de la voluntad de los Desheredados de la Razon!

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Raul Beppo Andrioli y Enrique Perez Balcedo. Evocan a POLO LOFEUDO

Les dejo algunas de sus palabras de invitación al evento del Domingo 19 de Setiembre en Melchor Romero de La Plata:

“Para romper el prejuicio y las barreras mentales en una nueva mirada de la salud, donde la locura no sea un sinónimo de exclusión y el encierro una medida terapéutica.
Los esperamos para compartir un momento, un espacio, un sueño y para liberARTE…

FELICITACIONES EMOCIONADAS!

A continuación les copio la nota que salio publicada en la revista LA PULSEADA

Volvió el teatro a Melchor Romero

Por Ulises Rodríguez

UN DÍA DE LOCOS

Tras la muerte de Leopoldo “Polo” Lofeudo, el Teatro de Rehabilitación del hospital de Melchor Romero cerró sus puertas y los “locos” se quedaron sin su maestro y sin el arte de las tablas. Un grupo de artistas encabezados por el titiritero Raúl “Beppo” Andrioli dio el primer paso para ponerlo en funcionamiento otra vez. Y en el Día de la Memoria se reabrió ese espacio tan necesario para los pacientes del neuropsiquiátrico.

La  puerta  tenía  un  candado  con  cadena.  Los  pastizales  del patio asomaban por el tapial. Las ratas se paseaban por las tablas que  alguna  vez  habían  sido  las  venas  de  Polo  y  sus  “queridos locos”. El titiripoeta Raúl “Beppo” Andrioli y un grupo de artistas independientes  tuvieron mucho  que  ver  con  esta  reapertura.

Insistieron  a  las  autoridades mil  veces  hasta  que  un  día  los escucharon. Sumaron solidaridades, le pusieron el pecho y el lomo al asunto. Desde  las 10 de  la mañana el viejo  salón  se  llenó de escobas y de manos a la obra. El patio se limpió a machetazos. Por las ventanas volvió a entrar luz y las risas fueron un eco constante.

Las  risas  se oían como en  los  tiempos de Polo. Cuando el viejo pegaba un grito con su voz de tango, quedaba picando en el aire. Cuando Polo se reía sus “locos queridos” se contagiaban de esa risa. Hacía más de un año que nadie se reía en el viejo teatro, pero las risas volvieron a escucharse, con eco. Y con locura.

Sin locura no hay grandeza: Carlos Páez Vilaró

El 24 de marzo fue Memoria. El 24 de marzo salió el sol. El 24 de marzo fue un día de locos. Para los internos del hospital neuropsiquiátrico Dr. Alejandro Korn, de Melchor Romero, no existen los feriados. Todos los días son parecidos. A veces llueve. Pero el 24 de marzo de 2010 fue distinto y van a pasar muchos días para que lo olviden. No van a saber que fue un 24, pero va a estar en  la Memoria. Esa que se escribe con mayúsculas. Esa que no  se borra quemando un diario ni  con pastillas. El 24 de marzo se reabrieron las puertas del teatro del hospital. El teatro de los locos. El teatro que amó “Polo” Lofeudo.

El teatro que bajó el telón cuando, aquel domingo 22 de febrero de 2009, Polo partió con su sabiduría y sus locuras.

Loco vos, loco yo.

Si las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?… Las del Romero tienen locos que vienen y van. Locos de ésos que se acercan de a uno, de a dos y piden un pucho o una moneda que sirve para comprar puchos. En los ’80, un tal Leopoldo Lofeudo iba y venía por esas callecitas. Se paseaba de una punta a la otra del hospital con una carpeta amarilla. Nadie sabía bien qué hacía ese tipo flaco, de gorrita, que siempre andaba silbando un tango. Es un administrativo, decían sus compañeros. Cada tanto les daba a las teclas de una vieja Olivetti y volvía a salir con esa carpeta amarilla hacia quién sabe dónde. Una tarde, el químico Oscar Bianconi, también empleado del Romero, fue a dar una vuelta para tomar aire. En eso escuchó, a lo lejos, una guitarra y gente que cantaba. Se acercó siguiendo la música y fue a parar a un arroyito que está al fondo del hospital.

Sentadas  en  ronda,  unas  seis  o  siete  personas  escuchaban, maravilladas, a un tipo que tocaba un tango. Era el mismo flaco que se paseaba con las carpetas de una punta a la otra. Él cantaba 24 y los locos le hacían el estribillo. Bianconi se arrimó tímido y el flaco de gorra dejó de tocar y le dijo: “Venga,  hombre,  no  tenga miedo”. Y  le  tiró  un atado de puchos para que  se  sirviera uno. Desde ese día, el químico  se unió a Polo y  fue uno más del  grupo  que  seguía  a  ese  flautista  de Hamelin del Romero.“Lo de él era pasión. Estaba convencido de lo que hacía y nos convencía a todos. Su causa era el arte. Rehabilitar a  los pacientes con arte, con teatro”, dice Bianconi al recordar a su amigo. Criado  en  23  y  65,  a  una  cuadra  de  plaza Castelli, su casa era la casilla de María y Cayetano, que trabajaban en el frigorífico Swift de Berisso. “Si se enfermaba la vieja y no podía prepararle la comida a mi viejo, de inmediato nos ayudaban cuatro  o  cinco matronas  con  una  bandeja  de ñoquis. Había una  solidaridad  terrible”,  refería siempre  Polo  de  su  infancia  en  ese  barrio  de italianos laburantes. Sus primeros pasos  como actor  los dio en la década de los ’50, en la compañía Hispano-Argentina,  dirigida  por  Luis Ángel Hanglone, y  en  la  Escuela  de Arte Dramático.  Por  esas épocas también integró un trío de tangos con su guitarra, de la que quedó alguna grabación en el archivo de radio Provincia. Pero su realización actoral la cumplió con sus “locos queridos”.

“Vivimos  en  una  sociedad  caníbal,  donde imperan  los  duros.  No  hay  lugar  para  los soñadores. Sin embargo, imagínate un mundo sin ellos. Sería atroz, no existirían la belleza, la poesía, la música”, decía Polo sobre sus actores. Polo conocía al Romero mejor que a  su barrio. Los años de “administrativo” y de paseos a la nada cambiaron cuando en la floreciente democracia se hizo cargo del “Teatro de Rehabilitación”.

Su espacio fue un teatro típico de los pueblos del interior, de ésos que  edificaban  las sociedades  italianas  y  francesas. Mandado a construir en 1884 por el doctor Alejandro Korn  con el  fin de proyectar películas y pequeñas obras para los pacientes, el destino quiso que 101 años después Polo tomara las riendas.

Sobre tablas.

Con esa Olivetti que todavía da vueltas por el viejo teatro, Polo abría su corazón. Todo lo que había vivido e imaginado aparecía en sus obras: El sueño inolvidable; Viejo hospital, el siglo te saluda; Aroma a cielo; Chicago Night Club. Salía con sus actores de gira

y  llegaron a Chascomús y Magdalena. La última  función  fue en 2003, en el Coliseo Podestá,  cuando  se  representó Estación de campaña. “Trabajo con los que puedo rescatar intelectualmente. El público puede ver el grado de rehabilitación que alcanzan los pacientes”, decía, y sabía de qué hablaba. Porque mientras Polo daba clases y dirigía obras, 77 pacientes-actores fueron externados gracias al teatro.

A Lofeudo le gustaba definir a sus actores como “un equipo integrado por quijotes”. Como un Timoteo Griguol de las tablas, los alentaba diciendo: “En este medio caníbal, despiadado y cruel, ellos ofrecen una fantasía que algún día primará definitivamente en el mundo mezquino de hoy como la única verdad de nuestra efímera vida”.

En sus obras siempre se cruzaban el drama y el humor satírico. Nunca faltaban los pueblos, el ferrocarril, el tango, los inmigrantes y 25 25 la crítica al sistema. “En Estación de campaña, por ejemplo, donde se cuentan las anécdotas de un poblado hambriento que nace con el trazado de las vías de tren, aparecen Hitler invadiendo Francia, la captura del bandolero Mate Cosido y un extravagante gobernador de Buenos Aires que llega para cambiarle el nombre a la estación

y  reparte caramelos Sugus entre  los hambrientos, que  terminan devorándoselo a él” .

“Era un  loco de  los  trenes; de chico  le gustaba subirse a un tren sin saber adónde iba a llegar y después pegaba la vuelta feliz y con historias para contar”, dice Jorge, un primo de Polo que supo hacer de cura en una de sus obras. En uno de esos viajes terminó en Comodoro Rivadavia. Corría 1961, el peronismo estaba proscripto y allá en el sur, donde  la situación política estaba un poco más tranquila, encontró un espacio como actor de radioteatros en la radio Nacional.

Por ahí anda dando vueltas Juan Chávez, un ciego que mira con los ojos del alma. Era el actor preferido de Polo. Sin Juancito no había obra. “Es hermoso que se vuelva a abrir el teatro”, es todo lo que le sale decir a Chávez en ese momento de emoción.

-¿Qué es lo que más recordás de Polo?

-Que  si  no  teníamos  cigarrillos,  él  siempre  de  algún  lado  nos conseguía —dice el que supo ser guarda de la estación imaginaria de Lofeudo. Con 35 años en el Melchor Romero, Chávez tenía un papel asignado en la obra que Polo no alcanzó a estrenar: El Loco ataca. Un drama que canaliza “el grito osado del transgresor” y marca “una pincelada sobre la historia de nuestro país y cada uno de nosotros”.

En el nombre de Polo

De los parlantes montados en la puerta del teatro se escucha a la Bersuit cantar que “nunca la vida es tan precisa, nadie tiene esa fija que te saque del montón y te muestre algo mejor”. El titiritero pide que bajen la música y hace hablar al Beppo, su álter ego: “Este es un día de locos. Estamos todos locos. Locos de alegría. Locos de felicidad. El teatro se vuelve a abrir y es una cosa de locos”. Susana, en silla de ruedas y con migas de pan en la falda, aplaude a Beppo y festeja. El titiritero se acerca con su muñeco, le da un beso y le pide que cante el tango que le enseñó Polo: “Yo de mi barrio era la piba más bonita, en un colegio de monjas me eduqué y aunque mis viejos no tenían mucha guita con familias bacanas me traté”. Aplausos para Susana y otro beso del Beppo.

Los continuadores de la parte actoral por un grupo de gente que trabaja para poner en marcha el teatro lo convocó y decidió sumarse. Tiene pensada una obra y mil ideas le dan vueltas por la cabeza. Tiene empuje y ganas de sacar esto adelante. La charla transcurre a la sombra del árbol de Polo. El árbol testigo de choriceadas y mateadas. El árbol donde Polo escribía en su cuaderno espiralado. El mismo árbol que abraza con sus raíces las cenizas de Polo.

“Porque  él  lo  pidió  así  -dice  Bianconi;  por  eso sus cenizas están esparcidas alrededor de este árbol centenario. Mira, fíjate bien que todavía hay cenizas de Polo por ahí”.

Y es cierto. Hay cenizas de ese hombre que nunca quiso  irse  del  Romero. De  un  lugar  del  que  todos quieren estar lejos, él eligió estar cerca. Estar ahí. Para siempre. Con sus locos del teatro. En la Memoria, para que ellos no lo olviden.

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